Travesía por Magdalena Redondo

Travesía

Tras meses de travesía, el pesquero factoría se disponía a atracar en el puerto más grande de Europa bajo la atenta mirada de las fuerzas de seguridad y la Cruz Roja. Desde la cubierta Dana, delgada y sucia tras los meses en alta mar, se ajustó el hijab. Ojalá ese lugar fuera realmente tan bueno como había escuchado… Pero no podía dejar de mirar con recelo a los policías apostados en el muelle. Ojalá ambos estuvieran a salvo… E inconscientemente se llevó una mano a la tripa, que comenzaba a redondearse. Un escalofrío recorrió su espalda cuando un helicóptero sobrevoló el buque. ¿Cuánto tardaría en olvidar ese miedo? ¿Llegaría a sentirse a salvo? ¿Volvería a ser feliz?
Esos meses en el mar la habían hecho pensar que su antigua vida ya no la pertenecía. Ya no era Dana, la que había jugado con el barro entre las chabolas; no era Dana, quien había ayudado a preparar las cenas para romper el ayuno en Ramadán; no era Dana, la primera en su familia en ir a la universidad a estudiar para ayudar a otros; no era Dana, la que se había enamorado de quien los fanáticos llamaban un “infiel”; no era Dana, la que había perdido amigos y familiares en ataques paramilitares.
En esa antigua vida había conocido el valor de la pérdida. Un valor medido en la voz que no vuelve a escucharse, en la seguridad que no vuelve a tenerse o en el silencio que ahoga cualquier expresión de libertad. Y, sin embargo, también había conocido la felicidad como caminar por casa en albornoz y calcetines, con las piernas al descubierto; o encontrar trabajo de enfermera en el hospital para trastornos mentales graves, haciendo lo que la que le gustaba; o conocer a aquel que era el padre de su futuro hijo… Él no era como otros cristianos, como sus padres y sus primos. A él no le había importado la diferencia en religiones en ningún momento.
Llegó un momento en su antigua vida en el que la policía había irrumpido en el hospital donde trabajaba. Temblorosa, Dana había corrido a verle a él que, lleno de recursos, la convenció para pedir ayuda a una amiga de un amigo. Una amiga de un amigo… Una ladrona que caminaba por rutas secretas a través de dos países hasta llegar al mar. Una ladrona que había robado y tripulado un pesquero hasta un país seguro.
Esos meses en el mar la habían hecho pensar en la vida que la pertenecería. Sería Dana, la que era dueña de sus decisiones; Dana, la que tendría un empleo; Dana, la que criaría a su hijo a salvo. ¿Quién era entonces Dana? Dana era una refugiada.

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