Secuestro exprés por Pilar Gutiérrez

Secuestro  exprés

Sergio era el pequeño de tres hermanos y el que más unido a su madre estaba. No estaba para nada de acuerdo con lo que habían hecho sus hermanos. Que sobornando a un médico la declararon incapaz por tener Alzaimer. Así pudieron vender su casa y sus tierras. Con lo que le tocó se compró un ático en Madrid y un coche. Y tres días después se presentó en la residencia de ancianos a las dos de la madrugada.

Pudo romper la cerradura de una puerta del ala norte, daba a un pasillo muy largo , sus paredes estaban húmedas y llenas de desconchones. Abrió varias puertas, trasteros, un quirófano  viejo y sucio y en otra se encontró con un viejo  calvo con cuatro pelos largos y desdentado. Impresionado por la imagen se disculpó  y dio media vuelta pero el viejo de un salto y gritando se le agarró al cuello.  Casi sin aire pudo quitárselo de encima y cerrar la puerta.

Temblón por lo acontecido siguió el pasillo hasta la escalera sin curiosear más. Con cuidado subió hasta el segundo piso, tuvo  un par de sobresaltos por unos chillidos histriónicos,  pero siguió despacio pero seguro a la luz de su móvil. En la planta vio cómo el celador miraba atentamente a una pantalla, entonces Sergio se bajó el verdugo que llevaba puesto para no ser reconocido y se metió en la primera habitación, en ella había una señora que al abrirse la puerta se puso a chillar al timbre.

Sergio se pegó detrás de la puerta y cuando pasó el celador salió y cerró la puerta con llave. Buscó la habitación de su madre  y al despertarla chilló también.

—¡Mamá, mamá! Que soy yo Sergio. Venga vámonos de aquí.  —Le dijo mientras habría el armario de la madre y cogía su abrigo. — Ponte esto.

— Hijo, cariño ¿Qué haces aquí? Y tan de noche.

—Madre te voy a sacar de aquí, así que sígueme calladita.

Los dos corrieron escaleras abajo.  Se estaban subiendo en la moto cuando oyeron gritos y un disparo al aire del vigilante. Sergio le puso su casco a su madre y se puso unas gafas para el viento. Arrancó la moto y se marcharon a toda prisa. Casi no podía respirar de lo fuerte que lo abrazaba su madre. Tardaron media hora en llegar a la gasolinera donde había dejado aparcado el coche nuevo. De allí tardaron 6 horas en llegar a Madrid.

—¡Buenos días! —Le dijo a la vecina del quinto—. Ya le he traído a mi madre. Mamá ésta señora tan amable es Ana, y a partir de ahora vais a vivir juntas. Yo vivo en el ático pero es muy chico para los dos.

—Hola, yo soy María ¿voy a estar otra vez encerrada?

—No —respondió sonriente Ana—. Se lo que han hecho sus hijos, aquí tendrá total libertad pero yo la acompañaré para que no se pierda cuando salga. Al menos hasta que conozca el barrio. ¡Venga a desayunar! Debéis de estar muertos de hambre.

—Gracias.

María fue secuestrada para los otros hijos y tampoco localizaron a su hermano. María vivió feliz el resto de sus días con su compañera de piso y su hijo por vecino.

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