libertad Por Mikel Seisdedos

 

Libertad

Henry se escurrió al fin entre los barrotes, deslizando su cuerpo y contorsionándose de forma imposible. Echó un vistazo hacia atrás antes de seguir. En la oscura celda apenas se podía distinguir un bulto tirado en el suelo. Se volvió y miró el largo pasillo que tenía por delante. Las luces de las paredes daban una tonalidad amarillenta, monótona y lúgubre, sin ventanas que dejasen entrar la luz del exterior.

Arrastró su cuerpo hacia delante con decisión. Lentamente recorrió el pasillo, pegado a la pared. En un momento dado, unos guardias aparecieron por el otro extremo, pero Henry era ahora muy pequeño para que se diesen cuenta de su presencia. Los guardias caminaron hasta lo que había sido su celda y se asomaron. Sin decir una palabra dejaron caer un bol sucio en el suelo y volvieron a cerrar la puerta.

Cuando llegaron de nuevo al extremo del pasillo, Henry tuvo la ocasión de colarse al otro lado con ellos, pasando completamente desapercibido. Observó cómo los guardias continuaban por la siguiente puerta de la derecha y él se dirigió a la izquierda. Unos metros más allá se coló por una estrecha rendija que había en la pared y avanzó con la misma lentitud.

Después de lo que a Henry le pareció una eternidad encontró el taller. Cogió aire, hinchando el viscoso cuerpo, y se descolgó del respiradero del techo. Flotó lentamente en la habitación, avanzando hacia la mesa que había en la esquina, llena de herramientas. Una vez estaba sobre la mesa, soltó todo el aire y descendió hasta posarse. Engulló a través de su cuerpo las herramientas que necesitaba y volvió a coger aire para flotar de nuevo al respiradero.

Con el peso añadido tardó más en recorrer el camino de vuelta. Mucho más tiempo aún tuvo que esperar hasta que los guardias pasaron al pasillo que llevaba a la celda que quería. Cuando estuvo seguro frente a la celda de John, se coló entre sus barrotes para reunirse con su amigo. La excesiva humedad no le había hecho bien a sus engranajes, pero ya tendrían tiempo de solucionar eso.

—John —susurró —. Vamos, es hora de irse.

John abrió sus puertos visuales y observó el pequeño y baboso cuerpo de Henry. Se rio enérgicamente.

—Joder Henry —dijo John, sin preocuparse por que les oyesen —. Estoy seguro de que en este sistema tienen seres mucho más desagradables para que vuelques tu consciencia.

—Ya, pero esto es lo que he encontrado —respondió Henry mientras regurgitaba las herramientas que había cogido —. Y nos vale. Ponte a ello.

John recogió las herramientas y montó rápidamente el dispositivo. El resultado acabó alrededor de su muñeca metálica, emitiendo una tenue luz azul. Agarró a Henry del suelo y le colocó en su hombro, activó el mecanismo del reloj que había fabricado y se dirigió con decisión a la pared. Como si fuesen espectros de la nebulosa de Spectra, atravesaron la pared sin hacer un solo ruido. Llegaron a una celda oscura, donde apenas se podía distinguir un bulto tirado en el suelo y un bol sucio en la entrada.

—Eres un genio, John. —dijo con sinceridad Henry. John rio de nuevo, una carcajada oxidada.

—¿No quieres recuperar tu cuerpo? —preguntó el robot.

—Na, demasiada humedad. No he aguantado tan bien los ciclos como tú. Me tendré que conformar con esto por ahora.

Siguieron atravesando paredes, permaneciendo atentos a cualquier señal de alarma que se despertase. Por fin llegaron al garaje. John utilizó el dispositivo para colarse dentro de un coche mientras Henry saboteaba el mecanismo de apertura de la puerta.

Rodeados de luces de alarma, Henry y John despegaron hacia la libertad. Antes de que el resto de coches les siguieran, ya habían acoplado el dispositivo al coche para atravesar con facilidad el cinturón de asteroides y se dirigían hacia la puerta interestelar que les llevaba a la otra punta de la galaxia.

 

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