El final del día por Mikel Seisdedos

El final del día

Lidia sale de la habitación y cierra la puerta. Se apoya en la pared y se desliza hasta sentarse en el suelo. Se aparta el pelo de la frente con las dos manos mientras mira al techo, arrastrando con el gesto las gafas por el pelo. Mueve la cabeza de un lado al otro, sintiendo ese agradable dolor de queja de un músculo que lleva mucho tiempo en la misma posición. Vuelve a colocarse las gafas saca su móvil del bolsillo. Ya está, ese era su último paciente. Las 8 de la tarde, no está mal. Justo a tiempo para la quedada en la plaza del 2 de Mayo.

Tendría que haber dejado este último para mañana. Había supuesto que un pescador no podía ser mucho trabajo, pero toda la subtrama de su vida con los celos, el maltrato, los engaños, las denuncias y el alcohol habían transformado la sesión en toda una Odisea. Lo único que no le había sorprendido del caso era que tres meses en alta mar no le hubiesen servido de terapia al pobre hombre.

Necesita una cerveza fría. Justo cuando se incorpora, el móvil vibra con fuerza. Condenados ingresos de última hora. En vez de recorrer el glorioso pasillo que lleva al final del día, Lidia se dirige a la recepción, donde Iván le informa de la nueva paciente. Detenida por quemar su casa con su pareja dentro. Echa un vistazo rápido al informe.

Lidia entra en la pequeña sala donde la mujer la espera sentada en una pequeña mesa de metal. Ningún otro mueble en la habitación. Antes de que Lidia pueda decir nada, la mujer le increpa:

—¿Por qué has tardado tanto? Llevo esperando media hora.

—Disculpa —le responde Lidia con paciencia —. Estaba con un paciente. Buenos días, María. Me llamo Lidia.

—Ya… Buenos días ¿Qué estoy haciendo aquí?

—Quemaste a tu pareja. Tengo entendido que tú misma llamaste a la policía.

—Sí. Él me quería entregar. Me llamó ladrona —grita María —. A mí, como si fuese una vulgar carterista.

—Parece que encontraron en tu casa varios objetos robados —prosigue Lidia con calma —, incluyendo dinero.

—Sí —reconoce.

—¿Has intentado suicidarte, María?

—¿Por qué iba a querer suicidarme? —María alza una ceja —¿Me estás llamando cobarde?

—No. Sólo quiero asegurarme de que el informe incluye todo lo necesario.

—Ningún informe va a entender por qué hice lo que hice. Ni tampoco ninguna loquera de tres al cuarto.

—¿Por qué lo hiciste, María? —pregunta Lidia, levantando la vista y mirando a la mujer que tiene enfrente por encima de las gafas. No está tan lejos para estar borrosa, y puede ver perfectamente su cara de autosuficiencia.

—Porque no tenía derecho a hacer lo que hizo —responde María con calma mientras se lleva las manos al vientre —. Porque el bebé es mío y no se va a criar en la cárcel.

—¿Qué te hace pensar que no vas a acabar en la cárcel después de quemar a tu novio?

—A la cárcel van los asesinos.

Lidia no responde, no cree que vaya a aportar nada. Consulta la carpeta con el informe, sopesando el diagnóstico.

—Tienes razón, María. —Ya puede saborear la espuma de la cerveza. —Bienvenida al Instituto Psiquiátrico. Si necesitas cualquier cosa para tu comodidad sólo tienes que pedirlo.

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